Ellos sobreviven a las guerras, pero no tendrían por qué resistir a la sociedad

Redacción Carlos Villa 

Esta semana que Japón y la memoria colectiva en el mundo recuerdan aquel 9 de agosto de 1945 de los desafortunados sucesos en Hiroshima y Nagasaki, en la que bombas atómicas arrasaron con dos ciudades enteras y apagaron con el estallido sueños, metas, y aspiraciones de todas las vidas humanas que se perdieron, la conversación sobre las guerras no quedó en el siglo pasado, aún da de qué hablar. 

En pleno Siglo XXI y en años como estos donde las sociedades se asumen más conscientes de su historia para no repetirla, el ruido de las alarmas por la presencia de misiles en los cielos sigue resonando fuertemente en Ucrania desde el 2020, en Palestina e Israel desde el 2024, con la irrupción en Venezuela a principios de este año y en estos momentos con el conflicto iraní en Medio Oriente. Las balas siguen surcando los cielos, pero también atraviesan a los civiles.  

Quienes se van de este mundo, víctimas de estos ataques, dejan en la memoria de sus cercanos seres queridos historias sin terminar, vidas pausadas, desenlaces que no tendrán un final, el dolor de haber perdido a alguien. Pero quienes sobreviven a la tragedia representan cómo la vida continúa, y a partir de ahí es como si volvieran a nacer.  

Los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki se quedaron en sus ciudades, o lo que quedaba de ellas para rehacerla en colectivo; repararla, reconstruirla y demostrarle al mundo que sí se puede volver a empezar. Sin embargo, los efectos colaterales del ataque dejaron en las personas que sobrevivieron secuelas en su esquema de salud, pero en quienes no, generaron prejuicios, rechazo y discriminación hacia ellas.  

Si la vida les dio una segunda oportunidad a las personas que resisten a una tragedia atómica, ¿Por qué las personas se muestran tan indiferentes hacia ellas? A muchos los tacharon de enfermos, personas portadoras de enfermedades contagiosas generadas por la radiación, la sociedad optó por rechazarlos en vez de arroparlos.  

Por eso, resulta indispensable incentivar desde el conocimiento y la antropología hacia la no violencia, y mucho menos discriminación o rechazo para las personas que sobrevivieron un ataque nuclear, pues esta idea de que pueden contagiar a los demás de algo solo viene desde la desinformación, el odio y el miedo a lo desconocido.  

 

Desde las aulas, y también con amor, entendimiento y conocimiento como fuente de poder, se puede hacer consciencia social con las generaciones futuras a que los sobrevivientes de las guerras no son tóxicos o nocivos para los demás. Igualmente, desde las empresas pueden ofrecerse conferencias, capacitaciones y conversatorios que desmientan la idea de que la sobre exposición a lugares radioactivos trae enfermedades contagiosas.  

El conocimiento siempre será la herramienta más poderosa para impulsar acciones de cambio social en la dinámica de las sociedades, y con memoria colectiva y una historia de la que se aprende, es posible educar a mentes menos prejuiciosas, combativas y discriminatorias, más seres sensibles, resilientes y conscientes.  

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