Redacción Ana Teresa López de Llergo
Cada pueblo se ha forjado con hechos semejantes pues en el origen provenimos de una familia común. Sin embargo, la semejanza no es igualdad pues también nos influyen distintos aspectos, un ejemplo es el clima favorece el tipo de alimentos, nos enmarcan las actividades laborales, recreativas, etc., que a su vez influyen en los horarios de nuestras actividades y en algo más profundo como es la educación para aprender usos y costumbres, y aplicar todo eso a nuestras actividades especialmente a la laboral.
La conservación de los hechos vividos por los pueblos ha generado la Historia Universal. Obviamente ésta es posible por la memoria conservada en cada pueblo. No todos los pueblos tienen el mismo interés por guardar los sucesos, aunque en general si se registran los acontecimientos más importantes.
Los modos de relatarlos son increíbles pues dependen de los recursos y también del ingenio y la valoración de los hechos. Desgraciadamente muchas veces la creación y conservación de los sucesos dependen de los criterios y de la cultura de los gobernantes, de los recursos al alcance y del nivel de educación de los pobladores para preservar y compartir ese acervo tan importante. Con mucha frecuencia las ideologías y los antagonismos imponen una selección y descartan otros.
A principios del siglo XX. El 31 de julio de 1926, hace cien años, la Iglesia cerró los templos como respuesta a las presiones anticatólicas del gobierno del presidente Plutarco Elías Calles quien pretendía asumir también el gobierno de la Iglesia. Un movimiento espontáneo surgido del pueblo que quiso poner un alto a los atropellos del poder político. El lema de la insurrección era: “Viva Cristo Rey”. “Viva la Virgen de Guadalupe”. “Viva México”. Una epopeya heroica para defender las convicciones y la fe católica.
Miles de mexicanos principalmente del centro de la República, se alzaron para defender sus creencias y su libertad. Así se forjaron muchos santos que dieron su vida heroicamente.
A lo largo de los siglos solamente hay otro suceso de esta magnitud en el oeste de Francia: la rebelión de la Vendée donde los campesinos católicos tomaron las armas, entre los años 1793 y 1796, para combatir los planes que proponía la Revolución Francesa contra la Iglesia y sus costumbres.


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