Redacción: Gabriel Martínez Navarrete
Descubre cómo la virtud de la paciencia y el optimismo vencen a la tristeza. Consejos y reflexiones filosóficas para vivir con alegría.
Están tristes algunos viejos que se preocupan demasiado por su porvenir, cuando en realidad lo tienen ya agotado… Este exceso de preocupación proviene muchas veces de falta de sinceridad.
Nos organizamos tanto que damos más valor a un escrito que a una persona. Para que la palabra de dos personas se cumpla hace falta de un notario… No me refiero al papel tan útil del notario en la sociedad: su importante función salta a la vista.
La alegría se consigue tratando de vivir la sinceridad y el olvido de sí. Puntualizar para no llegar -pase lo que pase- a conclusiones pesimistas.
Confiemos en los demás.
Pongamos optimismo y buen humor en nuestras vidas, lo que será más fácil si metemos a Dios en lo que pensamos y hacemos. La pasaremos mejor: pues en igualdad de condiciones sale siempre ganando quien toma las cosas con optimismo y buen humor.
Existe una gran diferencia entre el buen humor y el carácter avinagrado.
Ver el lado positivo de las cosas y, si es el caso, actuar en consecuencia para remediar la situación. Ir siempre hacia adelante –no importan las dificultades- gozando la vida.
Siendo objetivos y veraces. Lo que hay que corregir, se corrige y se sigue hacia adelante. Pensar, antes de hacer, y el camino se hará más fácil. Saber a dónde nos encontraremos para tomar la decisión siguiente y tener el objetivo claro hacia dónde nos dirigimos.
El optimista siempre tiene un proyecto. El pesimista tiene siempre una excusa. El secreto del buen humor, está más en olvidarse de sí y en contagiarlo, más que en esperarlo.
Tanto el optimismo y el buen humor son constantes y van siempre de la mano.
La tristeza es la pasión más terrible que impide la acción de la razón. Se necesita una virtud que anonade a la tristeza y nos haga alegres, la cual es la paciencia.
Con la paciencia “soportamos los males con igualdad de ánimo, sin que la cobardía nos haga abandonar el bien que ha de conducirnos a los cielos” (san Agustín).
La paciencia hace soportar la adversidad: Reprime primero la tristeza, evita el odio, deja campo libre a la caridad e impide las reclamaciones injustas.
La caridad es paciente. “El ardor del deseo produce la tolerancia de las penas y de los dolores; nadie consiente de buena gana en lo que lo tortura, si no es a causa de lo que le regocija” (san Agustín).
La paciencia es la raíz de las otras virtudes porque aparta los obstáculos para su ejercicio, por ejemplo: la virtud de la longanimidad: atiende a un bien más o menos lejano, y no se desanima por la prolongada espera en conseguirlo.
La virtud de la constancia: no contenta con esperar pacientemente el bien que resultará de la pena, se dedica con obstinado trabajo en realizar ese fin.
Para “hacer el bien” hay que acometer empresas arduas y para “evitar el mal” hay que sufrir situaciones muy diversas. La paciencia se considera, por tanto, una parte de la fortaleza. Especialmente si se trata de sufrir las contradicciones como el dolor, y la más fuerte para el hombre, como es la muerte.
La paciencia en cuánto hábito nos conduce a una firme adhesión al bien; sólo la adhesión al bien que peligra, hace posible rechazar el mal que se le opone.
Santo Tomás define la paciencia como la virtud, por la que los males presentes se soportan de tal modo, que de ellos no se deriva nunca una tristeza sobrenatural. La paciencia permite estar alegremente unidos a Dios.
La paciencia en cuánto hábito nos conduce a una firme adhesión al bien; sólo la adhesión al bien que peligra, hace posible rechazar el mal que se le opone. Santo Tomás define la paciencia como la virtud, por la que los males presentes se soportan de tal modo, que de ellos no se deriva nunca una tristeza sobrenatural.
Con la perseverancia está relacionada la paciencia, porque ambas son parte de la fortaleza en cuanto es propio de esta virtud cardinal resistir el mal. La paciencia fortalece al alma para que supere la tristeza proveniente de los males que hay que soportar.
Solo la caridad –el amor a Dios más que todo- inspira el sacrificarle todos los bienes creados, por lo tanto: soportar con alegría todas las penas que resultan de la privación.
“Un remedio contra esas inquietudes tuyas: tener paciencia, rectitud de intención, y mirar las cosas con perspectiva sobrenatural” (san Josemaría Escrivá. Surco, n.853).
La paciencia “soporta voluntariamente y todo el tiempo que sea necesario, cosas difíciles penosas, por un objetivo penoso y útil.” (Cicerón).
Es importante que nos eduquemos en la paciencia. No nacemos pacientes: Como toda virtud esta se adquiere con repetición de actos.


Deja un comentario