El campo como raíz de la alimentación 

Redacción: Daniel Lee 

México no puede comer de un campo abandonado 

Hay una contradicción que debería incomodarnos: todos comemos, pero no todos recordamos de dónde viene lo que comemos. 

Antes de llegar al supermercado, al restaurante o a nuestra mesa, cada tortilla, cada jitomate, cada chile, cada grano de maíz, cada fruta y cada alimento tiene una historia que comienza en el campo. Ahí está la verdadera raíz de nuestra alimentación. Y, sin embargo, quienes producen buena parte de lo que consumimos siguen enfrentando incertidumbre, bajos ingresos, falta de agua, encarecimiento de insumos, intermediarios y, en muchos casos, abandono institucional. 

El campo no puede ser visto como una actividad económica más. Es un asunto de seguridad alimentaria, soberanía y supervivencia. 

Cuando un productor deja de sembrar porque ya no le resulta rentable, no desaparece solamente una parcela productiva. Se debilita una cadena completa. Dependemos más de las importaciones, aumenta nuestra vulnerabilidad ante crisis internacionales y dejamos en manos de otros países una parte de nuestra capacidad para alimentar a nuestra propia población. 

Podemos hablar durante horas de crecimiento económico, innovación, tecnología y modernización, pero ninguna economía puede sostenerse si no tiene garantizado algo tan elemental como el acceso a los alimentos. 

Y garantizar alimentos no significa únicamente producir más. Significa producir de manera sostenible, asegurar ingresos dignos a los productores, proteger los recursos naturales y construir cadenas de comercialización donde el valor generado no se quede principalmente en manos de intermediarios. 

Porque existe otra injusticia que pocas veces se observa desde la mesa: el precio que paga el consumidor no necesariamente refleja lo que recibe el agricultor. 

Entre la parcela y el plato pueden existir múltiples eslabones. El productor asume los riesgos del clima, las plagas, las enfermedades, el costo del agua, fertilizantes, semillas, maquinaria y transporte. Si pierde la cosecha, pierde prácticamente todo. Pero cuando logra producir, tampoco tiene garantizado un precio justo. 

Es difícil pedirle al campo que sea competitivo mientras se le obliga a producir bajo condiciones cada vez más adversas. 

El agua es quizá uno de los mayores desafíos. La agricultura depende de ella, pero la disponibilidad hídrica se encuentra bajo presión en amplias regiones. El cambio climático agrega sequías más prolongadas, temperaturas extremas y fenómenos meteorológicos capaces de destruir cosechas en cuestión de horas. 

No se puede hablar de futuro alimentario sin hablar de agua. 

Tampoco puede ignorarse el relevo generacional. Muchos jóvenes encuentran pocas razones para permanecer en las actividades agrícolas cuando observan jornadas intensas, ingresos inciertos y escasas oportunidades de crecimiento. Si el campo deja de ser una opción viable para las nuevas generaciones, el problema no será solamente rural: terminará alcanzando directamente a las ciudades. 

Por eso el campo necesita algo más que discursos durante las temporadas de siembra o cosecha. Necesita políticas públicas de largo plazo. 

Se requiere infraestructura, crédito accesible, tecnología apropiada, capacitación, seguros, sistemas eficientes de comercialización y mejores condiciones para agregar valor a la producción. Pero también se necesita reconocer el conocimiento de quienes llevan generaciones trabajando la tierra. 

Modernizar el campo no significa desplazar al productor. Significa darle herramientas para producir mejor y vivir mejor. 

También debemos cambiar nuestra relación con los alimentos. El desperdicio alimentario es una contradicción brutal en un mundo donde millones de personas enfrentan dificultades para acceder a una alimentación suficiente y nutritiva. Tirar comida significa desperdiciar agua, tierra, energía, trabajo, transporte y dinero. 

Cada alimento desperdiciado representa recursos que ya no pueden recuperarse. 

La discusión sobre alimentación, entonces, no debería comenzar en el supermercado. Debería comenzar en la parcela. 

Ahí está el origen de todo. 

Defender el campo no es defender una imagen romántica del campesino con sombrero y azadón. Es defender una actividad estratégica que sostiene a millones de personas y que determina, en buena medida, qué comemos, cuánto pagamos y qué tan vulnerables somos frente a una crisis. 

La alimentación no empieza cuando abrimos el refrigerador. Empieza mucho antes, cuando alguien prepara la tierra, siembra una semilla y apuesta su trabajo a que la naturaleza y el mercado le permitan cosechar. 

Por eso el campo debe dejar de ser visto como el eslabón olvidado de la economía. 

Es la raíz. 

Y si la raíz se debilita, tarde o temprano también se debilita todo lo que depende de ella. 

Cuidar al campo es cuidar al productor.
Cuidar al productor es proteger la producción.
Y proteger la producción es garantizar algo que ninguna sociedad puede darse el lujo de perder: el derecho a alimentarse. 

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