Recomenzar siempre la actitud profunda de educar (2 de 3) 

actitud profunda de educar

La educación es un camino hacia el bien y la felicidad. En México, reflexionar sobre cómo se forman las nuevas generaciones es clave para construir una sociedad más justa y con valores permanentes.

Todos nos hemos preguntado: ¿A dónde va el país? ¿A dónde conducirá la educación que se imparte en los colegios y universidades? ¿Cómo se están formando mis seres queridos? ¿Qué peligros comporta? ¿Qué ventajas tiene? ¿Cómo excluir la locura del cambio de valores efímeros y ajenos a la felicidad por otros que son perennes y que le dan sentido a la vida?

En los jóvenes reside la oportunidad de acoger una aportación personal a la superación de situaciones que no satisfacen las exigencias de la vida.

El mundo de los adultos necesita permanecer abierto a la crítica constructiva de la generación que está por asumir sus responsabilidades, y mantener un diálogo franco, libre y abierto a la verdad.

No se trata de negar los méritos que ofrece el mundo de los adultos, sino de aprovechar lo positivo y lo permanente, y agradecer lo que se ha hecho.

Es preciso eliminar ciertas actitudes persistentes que quieren convertir nuestra cultura de vida en una “cultura de muerte”, que conduce por un plano inclinado que lleva a la ruina moral. Por ejemplo: hay que rechazar la costumbre del aborto provocado; eliminar el rechazo a la vida producido por anticonceptivos; eliminar la droga; el recurso al terror; dar una vida digna a los inhábiles; combatir la pornografía; etc.

A medida que avanza el error, nos hacemos tristes e infelices. Y la alegría es necesaria para hacer el bien.

Sea cual sea nuestra edad, necesitamos educarnos. Por ejemplo, es imprescindible aprender a hacer el bien en cualquier momento de la vida.

La educación siempre es hacia el bien y trae consigo la felicidad. Todos necesitamos una educación que nos lleve a saber morir, siendo felicísimos en esos momentos.

“Nadie es feliz, en la tierra, hasta que se decide a no serlo. Así discurre el camino: dolor, ¡en cristiano! Cruz. Voluntad de Dios, Amor; felicidad aquí y, después, eternamente” (san Josemaría Escrivá, Surco, n. 52).

Esto se puede hacer si tenemos una esperanza a toda prueba. La esperanza y la valentía van de la mano. Con la esperanza —pase lo que pase— iremos siempre hacia arriba y lograremos nuestros propósitos. Por ello, siempre hemos de amar la verdad, que nos servirá de faro para alcanzar nuestros buenos propósitos.

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