Las comunidades verdaderamente fuertes son aquellas capaces de resistir la adversidad a partir de la solidaridad, la empatía y el compromiso colectivo y ahí es donde la resiliencia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una práctica cotidiana, conoce algunas historias de resiliencia comunitaria y como pueden cambiar vidas.
La resiliencia comunitaria es definida como la capacidad que tiene un grupo para organizarse, adaptarse y recuperarse frente a desastres, crisis o adversidades, transformando el trauma colectivo en fortaleza.
Ejemplo de esto es cuando ocurrió el pasado sismo del 19 de septiembre de 2017; en donde de acuerdo con el documento Aprender del Sismo para ser Más Resilientes, realizado por el Gobierno de la Ciudad de México y la Fundación Rockefeller, fue de 7.1 grados en la escala de Richter y provocó la muerte de 228 personas sólo en la Ciudad de México, además de que dañó a 73 mil inmuebles; sin embargo, eso no impidió que personas de todas las edades -sobre todo, jóvenes- salieran a las calles a ayudar en medio del caos que había dejado este desastre natural.
Resiliencia era la palabra que se escuchaba en todos los medios de comunicación, era un llamado claro a la sociedad para dar el paso a no sólo a lidiar con el duelo de las pérdidas humanas y materiales, sino a aprender de la adversidad y continuar hacia adelante para mantenerse preparados ante cualquier emergencia.
Además, las redes sociales también fungieron un papel fundamental en medio de la tragedia, pues se convirtieron en la herramienta para conectar a miles de mexicanos con los que necesitaban ayuda y aún en medio del furor desbordante y la falta de verificación, las personas supieron aprovechar esta oportunidad de comunicación para hacer el bien.
Otro ejemplo de historia de resiliencia comunitaria fue en la pasada pandemia de Covid-19 en el país, cuando las pérdidas de ingresos golpearon duramente a las empresas sociales y cooperativas que dependían de la venta directa de productos culturalmente arraigados en sus territorios, como lo fue con la miel, el café, el cacao en el sur y sureste del país, la transformación del maíz en totopos en la costa de Oaxaca, la venta de aguacate en el centro y el turismo comunitario en la Península de Yucatán.
Ante esta situación el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en México emprendió una estrategia de recuperación rápida, la cual consistía en poner a las personas y sus necesidades en el centro. En ese sentido, se llevaron a cabo acciones para fortalecer los sistemas alimentarios locales, garantizar el acceso al agua en cantidad y calidad, y activar los sectores productivos locales con un enfoque de género, para que las mujeres recuperaran e incrementaran sus ingresos.
El proyecto, mejor conocido como “Reducción del impacto económico de COVID-19 y fomento a la recuperación temprana resiliente en comunidades de México” se llevó a cabo en 100 comunidades de ocho estados: Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Tabasco, Chiapas, Oaxaca, Puebla y Morelos y se logró fortalecer así a seis sectores productivos: apicultura y turismo comunitario en Campeche, Yucatán y Quintana Roo; café y cacao en Chiapas; totopos en Oaxaca; y aguacate en Puebla y Morelos.
La mejor parte es que estos logros no solo se tradujeron en la reactivación de los negocios y el incremento de los ingresos, sino que también generaron un impacto positivo en las comunidades, fortaleciendo su resiliencia y contribuyendo a su desarrollo sostenible.
Entonces ahora ya lo sabes, hasta de las peores crisis se puede salir siempre y cuando la comunidad decida trabajar uniendo fuerzas para el beneficio de todos los que la habitan.


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