Características de la personalidad madura

personalidad madura

La madurez personal es clave para alcanzar la felicidad y superar retos como las adicciones, la baja autoestima y la falta de un proyecto de vida definido. Aceptarse a uno mismo, cultivar virtudes como la serenidad, la constancia y la solidaridad, y aprender de ejemplos históricos como Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill, demuestra que la perseverancia y la resiliencia pueden transformar vidas.  

Redacción Gabriel Martínez Navarrete y Raúl Espinoza Aguilera (q.e.p.d.

Detrás de muchas adicciones como el alcoholismo, la drogadicción, el consumismo compulsivo, los cambios bruscos de carácter, los estados de profunda tristeza, etc.  muchas veces nos revelan a personas que no están satisfechas consigo mismas. 

 

¿Por qué? Porque no suelen tener un proyecto definido de vida, y entonces les afectan negativamente sus pequeños fracasos, o bien, presentan una baja autoestima. 

 

Sabemos que la madurez se manifiesta, en primer lugar, en aceptarse así mismo; en aceptar a los demás con sus cualidades y defectos y, en tercer lugar, aceptar las circunstancias que nos rodean. A Dios tenemos que tenerlo siempre presente. 

 

El aceptarse a sí mismo conlleva el ser realistas, pero no pesimistas. El tener suficiente autoestima en las virtudes y valores que cada uno posee. Este aceptarse uno mismo nos lleva a la alegría, a la lealtad, a la serenidad, al optimismo y a tener un futuro claro a donde queremos llegar, y a poner los medios para lograrlo. 

 

Muchas veces observamos a personas que no se sabe bien qué pretenden hacer con sus vidas y van dando bandazos porque les falta definir sus ideales y elaborar un proyecto personal y positivo, que, al llevarlo a cado, les hace estar felices.  

 

Otras veces, esos ideales son poco asequibles o inalcanzables y pronto aparece la frustración. Por ejemplo, aquella persona que -sin poner los medios- se propone, en poco tiempo, llegar a ser el director general de una importante empresa donde trabaja.  O acumular una considerable cantidad de dinero y bienes materiales. 

 

Para ello se requiere que las metas ambiciosas lleven muchos años de esfuerzo mantenido, con la colaboración de muchas otras personas, y sobre todo, que uno sea la persona adecuada para ese puesto. 

 

Me vienen a la memoria dos aspectos edificantes del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt (1882-1945). Desde joven se inició en la carrera política, pero, en 1921, se vio interrumpida por su padecimiento de poliomielitis. Pienso que cualquier otro político se hubiera desanimado porque su futuro era permanecer en una silla de ruedas.  

 

Sin embargo, en 1928, una vez recuperado, pero sin poder caminar por su propio pie y gracias a su perseverancia en lograr sus objetivos, fue elegido gobernador de New York y, en 1932, llegó a ser presidente de Estados Unidos, reeligiéndose por varios períodos consecutivos. 

 

Por otra parte, en 1929, sobrevino la gran depresión económica, originada por la crisis de la bolsa que tuvo repercusión, no sólo en la Unión Americana, sino en todo el mundo. Fueron años de desempleo, de hambruna; en que muchos bancos y comercios se fueron a la quiebra. 

 

El presidente Roosevelt mantuvo siempre la calma y transmitió serenidad y optimismo a los ciudadanos a través de sus discursos y frecuentes programas de radio.  

 

Aplicó un acertado programa político y económico conocido como “New Deal” (“Nuevo Acuerdo”) que sacó adelante al país y devolvió la esperanza y la ilusión de progresar. Parecía una meta imposible, pero con la cooperación de muchas personas, la economía se volvió a reactivar. 

 

Otro aspecto destacado constituye la reeducación de cada individuo para ir eliminando defectos y crecer en virtudes, valores y cualidades. No es tarea fácil y en la mayoría de los casos es tarea para toda la vida, pero a base de constancia y perseverancia se pueden lograr importantes mejorías. Pero siempre como un servicio a los demás, y no por convertirse -por capricho- en el mandamás, pase lo que pase. 

 

Sorprende, a veces, encontrar a personas de más de 40 años que no acaban de “cortar el cordón umbilical” con sus padres. Desde luego es un deber filial el estar pendiente de los progenitores. Pero me refiero más bien a esas personas inseguras, que no saben tener una sana independencia. 

 

La alegría, la lealtad, la constancia, la paciencia, la laboriosidad, el amor a la verdad, el saber escuchar a los demás, la prudencia, la serenidad, etc., son virtudes fundamentales en una personalidad bien centrada, porque ayudan a forjar el carácter y enfrentar los retos y desafíos. 

 

Una persona madura tiene capacidad de servicio y de apertura hacia los demás; se sabe comunicar bien; es solidaria y posee un talante democrático.  

 

Son célebres los discursos de Winston Churchill, en forma particular durante la Segunda Guerra Mundial, porque los preparaba cuidadosamente y estaba convencido de que su misión era dirigir los destinos de la Gran Bretaña en esos difíciles años. A través de la radio BBC, también se dirigía a todos los países europeos que se encontraban bajo la dominación nazi. Sus palabras de ánimo, esperanza y aliento fueron decisivas –tanto en Inglaterra como en el resto de Europa- para la victoria de los aliados sobre las tropas de Adolfo Hitler. 

 

Fuiste fiel en lo poco porque todo lo que ahora tenemos, aunque parezca grande, es poca cosa en comparación de los bienes futuros” (san Jerónimo). 

 

Concluimos con la consideración de que la madurez conduce a la felicidad, la alegría y el buen humor. Porque son cualidades que siempre van unidas, y que permiten que las personas se acepten tal y como son. Dan a las cosas la importancia que tienen, con realismo y sin dramatizarlas. 

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