Si compartimos la felicidad somos más felices

Redacción  Gabriel Martínez Navarrete

“El futuro no existe para ser adivinado, sino para ser hecho”. Nos interesa en la medida en que pueda querer nuestros objetivos presentes. Esta verdad palmaria, a veces, no es correctamente entendida y se descuida el presente, el ahora, con las consecuencias funestas que la precipitación y el atolondramiento traen consigo.

Muchos de los males que padecemos: guerras, droga, divorcio, pérdida de los valores morales, consumismo, aumento de la brecha entre ricos y pobres, violencia, desempleo, etc. Se deben quizá, por no haber cuidado nuestro presente, por vivir del modo más impaciente lo que contraría.

Lincoln dijo en una ocasión que una de las cosas más difíciles para el hombre, consiste en saber qué tiene que hacer uno al momento siguiente. Y es cierto, a veces resulta casi imposible. Pero no reside aquí el problema, sino en la carencia de unos objetivos por los que valga la pena esforzarse.

¿Cuáles son nuestros objetivos? ¿Qué pretendemos?: forjar un mundo más humano, donde cada persona sea acogida con alegría, se le respeten sus derechos y fomente su libertad. En esto todos coincidimos, y nadie sería capaz de objetarlo. El asunto radica en cómo y para qué.

No se trata de forjarnos una utopía, sino de ser realistas, sabiendo que es imposible encontrar la felicidad completa en esta vida, pero que sí es posible ser muy feliz y que al menos se pueden crear las condiciones para hacerlo. Pero no se trata de un estado, sino más bien de una actitud personal, la que hace que seamos felices.

Por ejemplo, la actitud responsable y positiva de los paterfamilias, contribuye poderosamente al bienestar personal y social y a edificar el futuro en los mejores términos que puedan ser imaginados. El gobierno debe preocuparse por esta situación, pero especialmente cada uno de quienes integramos el país.

La humildad es la verdad: es imperativo aceptar la situación –bastante lamentable- en que nos encontramos y tomar el toro por los cuernos, el que a cada uno le corresponda.

La humildad es la auténtica prueba de las virtudes humanas y de las virtudes cristianas, de la fortaleza de una nación. Si queremos un futuro mejor, es necesario empezar ahora a reconstruir lo que ya anda mal, antes de que las cosas empeoren. El mundo irá mejor si revitalizamos a la familia. Porque esta es la célula de la sociedad.

Aquel que no olvida una ofensa pierde el cielo de la felicidad.

La familia es el núcleo natural y primario de la sociedad. “La familia es insustituible y, como tal, ha de ser defendida con todo vigor” (san Juan Pablo II). “La familia, fundada sobre el matrimonio contraído libremente, uno e indisoluble, es y ha de ser considerada como el núcleo primario y natural de la sociedad” (Juan XXIII).

“Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharlos con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías” (san Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, 27).

Hemos de estar siempre dispuestos a ser felices.

El hombre es feliz mientras es justo y ama la felicidad de los demás.

Si compartimos la felicidad somos más felices.

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