El silencio que también mata

REDACCION: Daniel Lee 

 

La Organización Mundial de la Salud estima que 727 mil personas murieron por suicidio en 2021. No se trata simplemente de una estadística: detrás de cada número hubo una persona, una familia, una historia, una crisis que quizá nadie detectó a tiempo y una red de afectos que quedó marcada para siempre.  

Y hay otro dato todavía más inquietante: por cada persona que muere por suicidio, se estima que más de 20 realizan un intento. La dimensión real del problema, por tanto, es mucho mayor que la que reflejan las actas de defunción.  

El suicidio no pertenece a una sola clase social, país, edad o condición económica. Ocurre en todos los continentes y a lo largo de la vida. Pero las cifras muestran desigualdades profundas. El 73% de los suicidios ocurre en países de ingresos bajos y medianos, donde con frecuencia los servicios de salud mental son insuficientes, inaccesibles o inexistentes.  

 

Esto obliga a mirar más allá del diagnóstico individual. 

Hablar de suicidio exclusivamente como consecuencia de una enfermedad mental es una simplificación peligrosa. La propia OMS advierte que existen múltiples factores asociados: depresión y consumo de alcohol, sí, pero también problemas económicos, conflictos familiares, pérdida de seres queridos, aislamiento, discriminación, violencia, abuso, enfermedades crónicas, dolor y situaciones de crisis. Incluso puede presentarse de manera impulsiva cuando una persona siente que ya no tiene herramientas para enfrentar una situación determinada.  

Por eso, prevenir el suicidio no puede ser responsabilidad exclusiva de psiquiatras o psicólogos. También es una tarea de gobiernos, escuelas, empresas, familias, comunidades y medios de comunicación. 

Hay que aprender a detectar las señales de alarma, pero también construir sociedades donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza. El estigma sigue siendo uno de los grandes obstáculos: muchas personas que atraviesan una crisis no buscan apoyo precisamente porque temen ser juzgadas, etiquetadas o rechazadas.  

La población joven merece una atención especial. En 2021, el suicidio fue la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años en el mundo. Más de la mitad de los suicidios registrados ese año ocurrieron antes de los 50 años. Son vidas que todavía estaban construyendo proyectos, familias, carreras y futuros.  

También existe una marcada diferencia por sexo. Los hombres presentan tasas de muerte por suicidio considerablemente mayores que las mujeres; la OMS señala que, globalmente, la tasa masculina es más del doble de la femenina.  

Pero quizá uno de los mensajes más importantes es que el suicidio no es inevitable. 

La OMS sostiene que existen intervenciones eficaces para prevenirlo. El acceso oportuno a atención profesional, el acompañamiento emocional y la reducción del acceso a medios altamente letales durante una crisis pueden salvar vidas.  

 

El problema es que muchas veces llegamos tarde. 

Llegamos cuando la persona ya abandonó sus actividades, cuando dejó de hablar, cuando se aisló, cuando perdió el trabajo, cuando la familia descubre demasiado tarde que llevaba meses sufriendo en silencio. Llegamos cuando la crisis ya se convirtió en tragedia. 

Por eso hace falta cambiar la pregunta. 

No debemos preguntarnos únicamente cuántas personas se suicidan, sino cuántas están sufriendo sin ser escuchadas, cuántas no tienen acceso a atención psicológica, cuántas viven bajo violencia, cuántas enfrentan soledad, pobreza o discriminación y cuántas sienten que no existe una salida. 

Las cifras globales son una llamada de atención. Pero también son una oportunidad para actuar. 

Una sociedad que habla de crecimiento económico, seguridad, educación y desarrollo mientras deja en segundo plano la salud mental está construyendo bienestar solamente a medias. 

El suicidio no es un fracaso individual. Es, muchas veces, el desenlace de una crisis que una sociedad no supo detectar, atender o contener a tiempo. 

Romper el silencio no resolverá todo. Pero mantenerlo sí garantiza que muchas señales continúen pasando inadvertidas. 

Y cuando hablamos de suicidio, advertir una señal a tiempo puede significar algo mucho más importante que corregir una estadística: puede significar salvar una vida.

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