Redacción Gabriel Martínez Navarrte
El equilibrio en el trato con los demás se centra en el amor. Seamos positivos: que nuestro trato con los demás esté rebosante de alegría, porque siempre hablamos y nos comportamos con sinceridad y lealtad. El hombre es el mejor amigo del hombre. Siempre que puedas fíate de los demás. El piensa mal y acertarás es pesimista y conduce al recelo y a la desconfianza.
La posición positiva ante la vida nos lleva directamente al optimismo y a una siempre deseable y feliz actitud con el prójimo.
El mundo es bueno y lo hacemos malo los hombres con nuestras tonterías.
Necesitamos un hogar luminoso y alegre: donde se mira a los ojos, donde se trabaja a gusto, se ría, se viva la alegría. Para conseguir esta alegría se necesita mucho valor, renuncias, sacrificios, etc. vividos por cada uno de los miembros que integran la sociedad.
El don de la sencillez es lo cotidiano, donde cada uno cumple su cometido y se preocupa por los demás. El amor bien entendido comienza por uno mismo, pasando inadvertido, tratando de comprender al prójimo. El secreto de la alegría está más en darla que en esperarla.
La única manera de vivir la alegría consiste en estar uno gozoso y participar esa alegría a los demás. Esta alegría, la tenemos que dar y enseñar a vivir. La alegría es el lubricante que hace más llevaderos los roces en el trato.
Cada uno es único e irrepetible y tiene sus peculiaridades.
La gente santa, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre alegre.
Hemos de vivir la alegría en el trato. No se trata de adoptar posturas dulzonas, sino de decir las cosas como son, objetivamente, y en el tono correspondiente, según las circunstancias. Por ejemplo, un “por favor”, que bien cae. Es un error avasallar a los demás con nuestro carácter egocéntrico.
Vivir la objetividad: las cosas son como son, y vienen una detrás de otra. “La verdadera virtud no es triste ni antipática, sino amablemente alegre” (san Josemaría Escrivá de Balaguer)
Vivir el equilibrio en las relaciones con los demás, ser cordiales, humanos, felices… Si queremos estar alegres y dar alegría: no nos creamos ni los más listos, ni los depositarios de tener siempre la razón, ni los imprescindibles. De lo contrario adoptaremos la ley del más fuerte, y podríamos convertirnos en el lobo es el lobo del hombre.
Cuando tenemos amistad con alguien, queremos el bien para el otro como si lo quisiéramos para nosotros. Dé ahí ese sentir al amigo como el otro yo.
La amistad que puede acabar nunca fue verdadera amistad sino solo una sombra.
Es propio del amigo, hacer bien a los amigos, especialmente de aquellos que están más necesitados.
Admiramos a las personas por motivos. Y las amamos queriendo su felicidad.
Respetar el punto de vista ajeno: saber escuchar. Todos nos necesitamos los unos a los otros, por ende, es buena virtud saber escuchar (se aprende más escuchando, que hablando).
Sólo unas cuantas cosas no son opinables, como el dogma. Las demás son verdades parciales que hay que aprender. Hablando se entiende la gente. Se puede convivir a gusto en una pluralidad de opiniones o criterios.
Para llegar a esta convivencia alegre, antes es preciso respetar la libertad de las conciencias. Actuar pensando que la gente es buena, hasta que no demuestren lo contrario.
Sonreír es acertado y lubrica el trato mutuo.


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