Reflexión sobre la educación en valores, el impacto de los pseudovalores y la importancia de formar jóvenes con principios sólidos para construir una sociedad más justa, consciente y orientada al bien común.
Nadie duda que muchas personas desean y viven llenas de optimismo, tratando de cambiar -con el ejemplo de sus vidas- la penumbra negativa por valores positivos, que lleven a la sociedad al sano éxito.
Sabemos que las autoridades respectivas están poniendo los medios en mejorar la instrucción científica y tecnológica de los estudiantes; de lo que se duda es que sea adecuada la orientación positiva que estén recibiendo muchos jóvenes., cuándo se les educa en unos pseudovalores.
Estos pseudovalores tienen su raíz en el erotismo como centro de la existencia, y el egocentrismo de pensar constantemente en uno mismo, olvidándose de los demás y en la reducción del destino del hombre al paraíso del más acá, es decir, a la explotación del hombre por el hombre.
Si en las escuelas y universidades se inculcan los valores de siempre, en cierto modo tendremos una garantía de que el futuro moral del país será bueno y floreciente.
Donde el trabajo está bien hecho, ahí la ganancia es mayor para todos.
Hacer felices a los demás, no hay nada mejor que ello. La felicidad es una conquista de cada momento.
Nadie duda, que creer profundamente en Dios, lleva a hacer el bien a todos. Claro está que hay que aprender a hacer el bien.
Si se trastoca -como actualmente sucede- el orden de los valores, prefiriendo lo efímero a lo magnánimo; lo fugaz a lo permanente; lo que carece de contenido y de peso específico; a lo que llena y orienta la vida del hombre, entonces el porvenir estará en lo inseguro, en el sentido religioso, moral, social y político.
La felicidad implica vivir olvidado de uno mismo, y pensar en Dios y en los demás, sin pensar en que lo agradezcan. Todo lo que hagamos en el día de hoy, se refleja en el mañana.
Felicidad es estar de acuerdo con lo positivo, con lo que nos llena de virtudes, con lo que nos permite el trato amigable con Dios, con lo que nos hace que nos olvidemos de nosotros mismos y hagamos dichosos a los demás, especialmente a la familia, a los amigos y conocidos.



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